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09-10-2018

Cuba: Constitución y participación popular

 

 

 

SURda

Cuba

Opinión

Guillermo Almeyra

 

Ferdinand Lassalle, constitucionalista, decía que una Constitución es un pedazo de papel en la boca de un cañón, o sea, que depende de una relación de fuerza entre las clases y sectores de una sociedad. Sólo su aceptación consciente por las grandes mayorías populares puede darle carne, sangre, huesos y hacerla realidad.

Cuba es un país que hizo una revolución democrática y antiimperialista y, con muchos avatares, intentó empezar a construir las bases del socialismo mientras un bloqueo de décadas le costaba 135 mil millones de dólares (12 mil por habitante) y la obligaba a tener que construir unas fuerzas armadas desproporcionadamente grandes y caras y a padecer una vasta burocracia nacida de la escasez.

Expulsado el imperialismo, con la huída de gran parte de la burguesía y la emigración de muchísimos desclasados, delincuentes y gran cantidad de desesperados en busca de empleo, el pueblo cubano pasó a tener una diferencia muy pequeña entre los de mayores ingresos y los que menos ganan (en 2008, después de más de una década de hambre y estrechez, era aún de cinco a uno, pero desde entonces aumentó) y a disfrutar de un nivel de escolaridad superior al del resto del continente.

Pero la isla padece una enorme escasez de combustibles y minerales (sólo abunda el níquel, que exporta) y a los efectos dañinos del bloqueo estadunidense se agregaron las consecuencias de errores terribles, como la desorganización de la economía en 1970 cuando el intento fracasado de lograr una cosecha azucarera de 10 millones de toneladas, así como el peso negativo que tuvo en Cuba la llegada de ideas y métodos burocráticos de los sucesores de Stalin junto a la vital importación de la Unión Soviética de armas, instrumentos, técnicas y mercancías que eran imprescindibles para burlar el bloqueo y desarrollar el país.

La nación pagó muy caro el verticalismo y paternalismo y el escaso conocimiento de los revolucionarios sobre el marxismo y el estalinismo. Los sindicatos fueron burocratizados y transformados en organismos estatales, se acabó el pluralismo político.

Fidel Castro jamás había sido estalinista. Pero después de la invasión de Playa Girón en 1961 y de la crisis de los misiles en 1962, necesitó el apoyo soviético, aunque hasta 1967 tuvo serios choques con la Unión Soviética, año en que le quitó la ayuda. Su visión estatista, no de socialista, le llevó a no apoyar a los movimientos democratizadores socialistas en Polonia y Checoslovaquia, a minimizar en la prensa el mayo francés de 1968 porque De Gaulle se oponía al bloqueo a Cuba, a no informar fielmente en ella sobre las represiones y matanzas en México en 1968-1970 porque el gobierno mexicano reconocía a Cuba y a apoyar la intervención militar del Pacto de Varsovia socialista en Praga también socialista .

El gobierno cubano pasó a depender ideológicamente del soviético, consideró eterna a la Unión Soviética (cuya caída había ya previsto Trotsky en 1936 si no había un cambio radical de política) y el derrumbe del Estado y del partido-modelo ruso tomó por sorpresa al pueblo y al gobierno y el partido. A la confusión ideológica la siguieron de inmediato las terribles dificultades del llamado Periodo Especial resultantes del fin del abastecimiento y de subsidios de la desaparecida URSS y eso modificó la situación interna en Cuba.

Con un nivel de educación y de urbanización altos, el pueblo cubano está hoy despolitizado en su gran mayoría, cree que el socialismo real del stalinismo era socialista y lo repudia y ha sido despojado de su creatividad e iniciativa, que son enormes, por un partido que sólo admite su participación para refrendar decisiones en cuya elaboración no participó y en referéndums donde las preguntas las hace el gobierno.

En el actual proyecto de Constitución figuran herencias del stalinismo (el partido por sobre el Estado, la concepción de los sindicatos como correas de transmisión estatales y la prohibición de las huelgas son las más graves), pero también hay aperturas a posiciones socialdemocráticas y a una liberalización del mercado, así como la confusión entre la propiedad estatal y la socialista y una errónea calificación del capitalismo de Estado imperante como socialismo democrático, cuando el socialismo presupone la inexistencia de las clases, del Estado y del mercado para pasar a una distribución más justa, hoy inalcanzable.

Como el Partido Comunista de Cuba está dividido en diversas tendencias internas contrapuestas, definir una Constitución coherente y democrática y apoyarla en la participación popular es una tarea que corresponde a los socialistas y demócratas que abundan en una sociedad capaz, gracias a la Revolución, de leer y estudiar la historia del movimiento socialista mundial y de evaluar y corregir el proyecto preconfeccionado que le presentan. En esa discusión se decidirá la suerte de la revolución.

almeyraguillermo@gmail.com

La Jornada

 

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